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sábado, 7 de noviembre de 2015

27- Ejemplos de ataques psíquicos y defensa

CAPITULO III    (del libro "Autodefensa Psíquica de D. Fortune)

UN CASO DE BRUJERÍA MODERNA

Efecto de la brujería en encarnaciones anteriores.-- Caso de un ataque oculto por una ex-bruja.— Antipatía de los animales hacia ella. —Pesadillas de los otros ocupantes de la casa. Discernimiento psíquico del peligro.— Ataque maníaco.— Método de manejar el caso.— Uso del pentagrama.— Su efecto.— Incidente de la cruz magnetizada. -Temor a los símbolos sagrados.— Su confesión.

La parte jugada por la ex-bruja en el ataque oculto es muy marcada. Una y otra vez las investigaciones de psíquicos independientes apuntan hacia la brujería en una encarnación anterior cuando está a la vista un problema de esta clase. El motivo es casi siempre la venganza, pero hay también buenas razones para creer que la proyección del cuerpo astral tiene lugar involuntariamente durante el sueño, y no es querida deliberadamente por el que ofende. Mucha gente que es en este momento psíquica y sensitiva consiguió su entrenamiento en los aquelarres de la brujería medieval, y por esta razón los ocultistas experimentados son precavidos ante el psíquico natural, por distinción al iniciado con su técnica de psiquismo. Cuando el psiquismo y el desequilibrio mental se encuentran conjuntamente con una disposición malevolente, hay una fuerte presunción de que el culto al Diablo no ha de encontrarse lejos.
Una curiosa serie de sucesos, en los que yo misma fui uno de los actores, arroja un buen montón de luz sobre esta ocurrencia que en modo alguno es insólita. Era en los primeros días de mi interesen el ocultismo, cuando aún estaba comprando mi experiencia por el método caro pero efectivo de meterme en problemas. Trabé conocimiento con una mujer que estaba interesada en cuestiones psíquicas. Era una persona de la más extrema sensitividad a cualquier cosa sucia o fea, fastidiosa en extremo en sus hábitos personales, viviendo casi exclusivamente de alimentos vegetarianos sin cocer, rehusando incluso los huevos como demasiado estimulantes. Aunque no era amante de los animales, era mórbidamente humanitaria, leyendo con gusto esos papeles que dan descripciones lúridas y detalladas de experimentos de vivisección. Si yo hubiese sido más vieja y más sabia hubiera debido reconocer el significado de su ultra-limpieza y su ultra-sensitividad como señalando la aberración de un temperamento sádico —siendo el sadismo una patología de la naturaleza emocional en la que el instinto sexual toma la forma de un impulso por infligir dolor. No habiendo aprendido entonces muchas cosas que ahora sé, consideraba sus características como indicativas de una espiritualidad exaltada.
Por el tiempo en que la conocí ella estaba al borde de una crisis que alegaba ser debida a exceso de trabajo, y estaba muy ansiosa por alejarse de las ciudades y volver a la naturaleza. Yo estaba justo a punto de dejar Londres y hacer mi residencia en las fortalezas arenosas de los eriales de Hampshire. En la inocencia de mi corazón sugerí que ella podría venirse allí y ayudar con las tareas domesticas. La sugestión fue aceptada, y unos pocos días después de mi propia llegada Miss L. se unió a nosotros. Ella parecía bastante normal, se hacía agradable, y era bien querida. Un incidente, sin embargo, a la luz de acontecimientos posteriores, fue significativo. Al salir del antiguo calesín que la había conducido desde la estación, ella inmediatamente fue y dio unas palmadas al caballo todavía más anciano que la trajo. La bestia, usualmente sumida en una apatía de la que era elevada con dificultad, cuando se requería su acción, se galvanizo a la vida ante su toque, como si ella lo hubiese espoleado. Arrojo hacía arriba su cabeza, resopló, y casi volcó el equipaje en la zanja, para asombro de su cochero, que declaró que nunca se le había visto hacer una cosa así antes, y miró a nuestra visitante con malquerencia.
Miss L. sin embargo, parecía bien normal, se hacía agradable, y en cualquier caso se la dio una recepción amistosa por los humanos.
Esa noche fui despertada por una pesadilla, una cosa a la que no estoy sometida usualmente. Luchaba con un peso sobre mi pecho, e incluso después de que la conciencia había retornado completamente, la habitación parecía llena de maldad. Llevé a cabo la simple fórmula de purificación que conocía, y la paz fue restaurada.
Al desayuno, la mañana siguiente, una asamblea de gente legañosa se reunió, quejándose de haber pasado noches perturbadas. Comparamos notas, y encontramos que todos nosotros, unos seis o siete de nosotros, tuvimos similares pesadillas, y procedimos a intercambiar experiencias. El efecto de esto sobre Miss L. fue curioso. Se retorció sobre su silla como si de repente se hubiera puesto al rojo vivo, y dijo con mucho énfasis:
"Estas cosas no deberían ser discutidas, es sumamente insalubre".
Por deferencia a sus sentimientos desistimos. Pero al momento vino a la ventana abierta otro miembro de nuestra comunidad, una mujer que dormía en un cobertizo al aire libre a alguna distancia de la casa. La preguntamos por su salud, como era usual, y replicó que no estaba encontrándose muy bien, pues había dormido mal, y procedió a recontar la misma pesadilla que el resto de nosotros. Más tarde en la mañana, otra señora, que tenía una casa un poco más abajo en la carretera, llegó, y a su vez contó una pesadilla similar.
Estas pesadillas continuaron a intervalos durante los próximos pocos días, afligiendo a diferentes miembros de la comunidad. Eran vagas y nebulosas, y no había nada sobre lo que pudiéramos agarrarnos para fines de diagnóstico, y lo atribuimos a indigestión causada polia versión del panadero del pueblo sobre el pan de la guerra.
Entonces un día tuve una riña con Miss L. Ella había concebido una reunión social para mí; tengo una repulsión constitucional por las reuniones sociales y les doy escasa urbanidad, y eila se quejó amargamente de mi falta de responsabilidad. Cualquiera que sean los pros y los contras del caso, había levantado su resentimiento seriamente. Esa noche fui afligida con la más violenta pesadilla que he tenido nunca en mi vida, despertándome del sueño con el terrible sentido de opresión sobre mi pecho, como si alguien me estuviera empujando hacia abajo, o yaciera sobre mí. Veía claramente la cabeza de Miss L. reducida al tamaño de una naranja, flotando en el aire al pie de mi cama, y haciendo chasquear sus dientes hacia mí. Era la cosa más maligna que yo haya visto nunca.
No asignando todavía significado psíquico alguno a mis experiencias, y estando firmemente convencida de que el panadero local era el responsable, no le conté a nadie sobre mi sueño, considerándolo una de esas cosas que es mejor guardar para uno mismo; pero cuando los miembros de la comunidad llegaron a hablar sobre la cuestión a la luz de acontecímientos posteriores, encontramos que otras dos personas habían tenido experiencias similares.
Una noche o dos más tarde, sin embargo, al llegar el momento de irme a la cama, fui abrumada por un sentimiento de mal inminente, como si algo peligroso estuviera acechando en los matorrales alrededor de la casa amenazando con atacar. Tan fuerte era esta sensación que bajé de mi cuarto y fui todo alrededor de la casa, comprobando los pestillos de las ventanas para asegurarme de que todo estaba seguro.
Miss L. me oyó, y me llamó para saber qué estaba haciendo.
Le conté mis sentimientos.
"Niña tonta", dijo ella, "no es de utilidad encerrojar las ventanas, el peligro no está fuera de la casa sino en ella. Vete a la cama, y estáte segura y echa el cerrojo de tu puerta".
Ella no quiso dar respuesta a mis preguntas excepto para reiterar que debería echar el cerrojo de mi puerta. Esta era la primera noche que tenía que dormir en esa casa, habiendo estado anteriormente en una casucha al lado opuesto de la carretera.
No eché el cerrojo de mi puerta porque la noche era intolerablemente calurosa y la habitación y la ventana eran pequeñas. Hice un compromiso, sin embargo, poniendo un cubo de laca en un punto estratégico en el camino de entrada, confiando en que cualquier intruso caería sobre él y daría la alarma.
Nada ocurrió, y dormí tranquilamente.
A la mañana siguiente, sin embargo, la tormenta estalló. Miss L. y yo estabamos trabajando pacíficamente en la cocina cuando ella de repente cogió un cuchillo de trinchar y empezó a correr tras de mí tan loca como un cencerro. Afortunadamente para mí tenía en mis manos una gran cacerola llena de verduras recien cocidas, y use esta como arma de defensa, y danzamos alrededor de la mesa de la cocina, vertiendo agua de coles caliente en todas direcciones.
Ninguna de nosotras hizo un solo sonido: yo me defendí de ella esgrimiendo la cacerola caliente y tiznada, y ella daba cuchilladas hacia mí con un cuchillo de trinchar desagradablemente grande. En un momento psicológico la cabeza de la comunidad entró. E se dio cuenta de la situación de un vistazo, y la manejó por el método lleno de tacto de regañarnos a ambas imparcialmente por hacer tantísimo ruido y diciéndonos que continuáramos con nuestro trabajo. Miss L. acabo lo que quiera que estuviera haciendo con el trinchante, yo prepare las coles, y el incidente pasó de largo tranquilamente.
Después del almuerzo Miss L. experimento la reacción a su excitación y se fue a su habitación completamente postrada y exhausta. Yo estaba algo perturbada. Aunque estaba acostumbrada a casos mentales, y por lo tanto no tan trastornada por la pelea reciente como cualquier otro lo habría estado, no me agradaba la perspectiva de ser la compañera de casa de una peligrosa lunática que no estaba bajo control de ninguna clase. La cabeza de la comunidad, sin embargo, dijo que no había causa para la alarma, que pronto tendría el caso bajo control. El subió al cuarto de baño, llenó una jabonera con agua del grifo, hizo ciertos pases sobre ella y, mojando su dedo en el agua, procedió a trazar una estrella de cinco puntas sobre el umbral de la habitación de Miss L.
Miss L. no hizo intento alguno de abandonar su habitación hasta cuarenta y ocho horas más tarde, cuando él mismo la sacó fuera.
Tal como había prometido, él pronto la tuvo bajo cuerda. Tuvo varias largas charlas con ella, en las que no estuve presente, y al cabo de unos pocos días una Miss L, muy corregida empezó a dedicarse a sus tareas domésticas de nuevo. Hubo recaídas, y hubo luchas, pero en el curso de unos pocas semanas se volvió relativamente normal, y cuando la volví a encontrar unos dieciocho meses después no hubo reincidencia.
Dos incidentes curiosos ocurrieron durante el período de su tratamiento de manos de este hombre, un adepto si es que alguna vez hubo uno. La casa en la que ella tenía una habitación era una muy antigua, y la puerta delantera era extremadamente maciza. Era asegurada por la noche por dos enormes cerrojos que se extendían a través suyo, una cadena que podría haber amarrado una falúa, y una inmensa cerradura con una llave del tamaño de una trulla. Cuando la puerta se abría en la mañana actuaba como despertador para todo el pueblo. Crujía, gruñía, y rechinaba. Sin embargo noche tras noche vinimos en la mañana a encontrar esta puerta abierta de par en par. Todos dormíamos con nuestras puertas abiertas al rellano. Bajar las viejas y crujientes escaleras era como caminar sobre teclas de órgano. La puerta trasera era moderna, y podría haber sido abierta fácilmente. Las ventanas eran modernas y de la más barata construcción. ¿Quién abría la pesada puerta delantera, y por que?
Intercambiamos recriminaciones varias mañanas al desayuno sobre quién había dejado abierta la puerta la noche anterior, pero nadie pudo ser incriminado nunca de la acusación. Finalmente la cuestión llegó a conocimiento de la cabeza del grupo.
"Pronto le pondré fin a eso", dijo él, y cada noche resellaba la habitación de Miss L. con el pentagrama. No tuvimos más problemas con que la puerta delantera se abriera después de eso.
Mientras él estaba tratando a Miss L. hacía una práctica de sellar el umbral de su propia habitación del mismo modo, sólo que en este caso trazaba el pentagrama apuntando hacia afuera, para impedir a Miss L. que entrara; mientras que cuando sellaba la habitación de ella, ponía su punta hacia adentro, para impedirla salir. Ella no supo esto, ni era muy probable que alcanzase a sus oídos indirectamente, pues él era muy poco comunicativo; yo sólo supe que estaba sellando su propio cuarto porque le vi por casualidad haciéndolo.
No obstante, un día escuché un golpe en mi puerta, y ahí estaba Miss L. con sus brazos llenos de ropa limpia. Me preguntó si sería lo bastante buena para llevarla al cuarto de la cabeza de la comunidad, y guardarla. La pregunté que por qué no lo hacía ella misma, pues sabía que el estaba fuera, y era el trabajo de ella el guardar la ropa. Respondió que había ido a su cuarto con ese fin, pero había una barrera psíquica a través del umbral que la impedía entrar.
Ella también me pidió, en varias ocasiones, meter en mi vestido fuera de la vista una pequeña cruz de plata que yo llevaba habitualmente, pues decía que no podía soportar su vista. Esta cruz la había comprado justo antes de venir a este colegio oculto, y la había llevado a un sacerdote conocido mío para ser bendecida, pues aún no estaba del todo aclarada respecto a la naturaleza del grupo al que me unía, y durante los primeros días de mi asociación con él estaba puesta de puntillas, como si fuera, preparada para una rápida huida. Naturalmente que había mantenido mi propio secreto concerniente a las precauciones psíquicas que había tomado contra mis nuevos amigos, y nadie estaba enterado de que la cruz había sido magnetizada especialmente contra el ataque psíquico. No obstante, la mujer que habría atacado si hubiera podido, sentía su influencia y la temía.
La autosugestión y la imaginación juegan un papel tan grande en las llamadas impresiones psíquicas que uno se muestra reticente a aceptar el testimonio confirmador de un psíquico que sabe lo que se espera de él, pero una reacción espontánea es en mi opinión evidente.
Cuando el tratamiento de Miss L. hubo progresado algún camino hacia su recuperación final, mucha información interesante fue elucidada. Ella nos contó que tenía memorias definidas de tratos con la magia negra en sus vidas anteriores. Esto, dijo, había sido confirmado por varios psíquicos independientes, y yo ciertamente habría estado deseosa de añadir mi testimonio al suyo si se me hubiera preguntado. De niña, solía soñar de día que era una bruja, que quería la muerte o la desgracia de aquellos que la molestaban, y también aseguraba, aunque si esto es verdad o no, no puedo decirlo, que sus deseos eran tan efectivos que se atemorizó y trato de abandonar la práctica. También confesó que tenía el hábito de visualizarse ante gente contra la que estaba furiosa, regañándola, y proyectando fuerza maligna hacia ella. Esto, desde luego, explicaría nuestras pesadillas. Dijo también que había cogido el hábito de atacar a su madre y a su hermana de este modo, y había puesto muy enferma a su hermana, de modo que ellas rehusaban ahora tenerla en la casa. Esta afirmación fue confirmada posteriormente por la madre.
Nos contó que se sentía como si fuera dos personas distintas, siendo su yo normal de inclinación espiritual, intensamente compasivo e idealista. Su otro yo, el inferior, que llegaba a la superficie cuando estaba contrariada, molesta, o muy cansada, era intensamente malicioso y sujeto a paroxismos de odio y crueldad.
Estas características habían sido particularmente señaladas cuando era pequeña. Pero conforme se hizo mayor reconoció lo erróneo de ellas, y su elevado idealismo representaba su esfuerzo por elevarse por encima de ellas. Este esfuerzo era, estoy convencida de ello, honesto; desgraciadamente no siempre tenía éxito.
Ella se refirió al incidente en el que me dijo que echara el cerrojo de mi puerta, y dijo que lo había hecho con la esperanza de proporcionarme alguna medida de protección contra la proyección astral en la que sabía que estaba tentada a condescender.
A primera vista su caso había parecido uno de obsesión, y había sido diagnosticado así por uno o dos miembros de la comunidad, pero un sabio manejo reveló otra cosa.
Este caso revela otro punto interesante en cuanto que, fiel a la tradición de la brujería, ella tenía un horror a los símbolos sagrados. No quería ocupar una habitación donde hubiera un cuadro de un tema religioso. Nada podría inducirla a llevar cualquier pieza de joyería en la forma de una cruz, y le era imposible entrar a una iglesia.
Este caso tiene muchos puntos de interés, especialmente en el hecho de que lo que era aparentemente el caso de una locura bien señalada fue aclarado por métodos ocultos.





CAPITULO IV

PROYECCIÓN DEL CUERPO ETERICO


Proyección etérica. —Experiencia con el cuerpo etérico proyectado de un adepto. —Repercusión. —Elementales artificiales. —Experiencia de la proyección accidental de un hombre-lobo. —Método de su desrucción.
Antes de que podamos dejar el tema del ataque por seres humanos encarnados, debemos considerar el asunto de la proyección etérica. En este caso no sólo está la mente en funcionamiento, sino también algo que es casi físico: suficientemente físico, en cualquier caso, para dejar contusiones en la carne de la víctima, en el mobiliario de alrededor, hacer al menos una cantidad considerable de ruido.

Cuando tales manifestaciones tienen lugar, es obvio que estamos tratando con algo más substancial que la mente, pues aunque la mente puede influenciar a la mente, y a través de ella al cuerpo hasta un grado al que en el estado presente de nuestro conocimiento es difícil ponerle límites, la mente no puede manipular directamente la materia: es decir, no puedes destrozar una ventana por medio de un pensamiento. Debe haber algún vehículo físico que pueda ser manipulado por la mente si es que han de forjarse efectos en el plano físico. El cuerpo viviente es un instrumento así; es manipulado por la mente cada vez que tiene lugar un movimiento involuntario, y las operaciones de la curación espiritual son simplemente una extensión de este principio a los músculos involuntarios y los procesos fisiológicos no dirigidos ordinariamente por la mente consciente. El ocultismo mantiene que la mente afecta al cuerpo por medio del doble etérico, como se le llama, la "mente mortal" de los Christian Scientists. Podemos concluir no sin razón que cuando se produce una acción física a distancia por medios ocultos, se hace empleando este doble etérico.
El doble etérico es primariamente un cuerpo de tensiones magnéticas en el armazón de cuyas mallas toda célula y fibra del cuerpo físico es mantenida como en un bastidor. Pero intermedio entre éste y el cuerpo físico denso tal como lo conocemos, está lo que puede llamarse el material bruto a partir del cual la materia densa se condensa. Este era llamado por los antiguos Hylé, o Primera Materia, y por los modernos Ectoplasma. Es este ectoplasma proyectado el que produce los fenómenos cuandoquiera que hay en cuestión manifestaciones físicas. Puede ser proyectado como largas varas, que operarán hasta una distancia de una docena de pies o así; o puede ser proyectado como un nubarrón nebuloso, conectado con el médium por un tenue hilo. Esta nube puede ser organizada en formas definidas, teniendo la semejanza de la vida y actuando corno vehículo para los deseos conscientes. Hay una gran cantidad de información asequible sobre este tema en la literatura del espiritismo, a la cual puede encontrarse referencia en la bibliografía final de este libro.
El adepto que era la cabeza del colegio oculto al que me he referido anteriormente, y de quien recibí mi primer entrenamiento en el ocultismo, era capaz de ejecutar esta operación, y le he visto muchas veces hacerlo. El se hundía en un trance profundo, después de unos pocos movimiento convulsivos, algo así como un tétanos lento, y perdía entonces unos dos tercios de su peso. He ayudado muchas veces a levantarle, o incluso le he levantado con una sola mano, cuando él estaba en este estado, y no pesaba más que un niño. Un hombre puede fingir muchas cosas, pero no puede fingir su peso. Le he levantado con una sola mano desde el suelo hasta un sofá cuando estaba en este estado. Bien es cierto que estando rígido como un tablón, él era mucho más fácil de manejar que con la forma humana inconsciente ordinaria de flojera; pero hay una cierta proporción entre el peso de un hombre adulto y ia fortaleza de una mujer de un físico corriente.
Lo que pasaba con el peso perdido en estas ocasiones lo descubrí una noche. El había estado enfermo, con algún delirio, y la parte del león del cuidado, especialmente el trabajo de noche, me había correspondido a mí. Llegó un tiempo, sin embargo, en que decidimos que él estaba tan recuperado que era innecesario que alguien se sentase junto a él, así que nos fuimos todos a la cama, por vez primera en varios días. Yo compartía una habitación con otro miembro de la comunidad. Era una cabaña relativamente pequeña en la que estábamos, y nuestras dos camas estaban juntas, lado por lado, justo bajo la ventana abierta sin cortinas. Era el tiempo de la luna llena, y recuerdo que no tuve necesidad de encender una vela para ver mientras me desvestía.
Me dormí enseguida, pues estaba muy cansada. No podía haber estado dormida mucho rato, sin embargo, cuando fui despertada por la sensación de un peso sobre mis pies. Era como si un perro de buen tamaño, digamos, un pastor escocés, hubiera saltado y se hubiera dejado caer en la cama. La habitación estaba inundada con la luz de la luna, y tan brillante como un día, y vi claramente, yaciendo aparentemente cruzado al pie de mi cama, al hombre que habíamos dejado arropado con seguridad para pasar la noche en la habitación de abajo. Era una situación algo embarazosa, y permanecí quieta, reflexionando antes de hacer algo. Yo estaba bien despierta para entonces, como bien puede imaginarse. Concluí que Z., como le llamaré a este hombre, o bien había tenido un retorno del delirio, o estaba caminando dormido. En cualquier caso yo estaba muy ansiosa por devolverle a salvo a la cama de nuevo sin una bulla o una escena. Mi compañera estaba mal del corazón, y no quería que recibiera una impresión; ni quería tampoco que él recibiera una impresión en su débil estado. Tenía miedo de que si despertaba primero a mi compañera de habitación, ella podría gritar, y despertar a Z. de un respingo, con consecuencias desastrosas. Decidí por tanto despertarle suavemente, como siendo el mal menor, y correr el riesgo respecto a ella. Habiendo reflexionado sobre estas cuestiones al menos por varios momentos, tomé finalmente acción. Me senté en la cama y me incliné tranquilamente hacia adelante con la intención de tocarle suavemente en el hombro y despertarle así. A fin de inclinarme hacia adelante, tenía que retirar mis pies de debajo de él, pues estaban atrapados por su peso, que hasta ahora había descansado sobre ellos, pues había tenido cuidado de no agitarme mientras trazaba mi plan de campaña.
Z. era claramente visible a la luz de la luna, vestido aparentemente en su bata, o por eso tomé los dobleces embozados del material que le cubría. Tanto su cara como su envuelta parecían gris y sin color a la luz de la luna, pero no había duda ninguna en mi rnente respecto a su solidez, pues no sólo podía verle, sino que podía sentir su peso descansando sobre mis pies. Pero en el momento en que me moví, él se esfumó, y yo me quedé mirando anonadada el suave pliegue de las sábanas en el extremo de la pequeña cama de campo en la que yacía. Fue entonces, y sólo entonces, que realicé que el me había parecido gris y descolorido, mas como un esbozo sombreado a lápiz que como un ser humano de carne y sangre.
Le pregunté por este incidente en la mañana, pero dijo que no lo recordaba; él había estado soñando los sueños inquietos y fragmentados de un hombre enfermo, pero no podía recordarlos.
Este, desde luego, no fue en modo alguno un ataque oculto, sino más bien una visita de un amigo, que había llegado a apoyarse en mí en el curso de su enfermedad, y vino instintivamente a mí por consuelo cuando su debilitada condición impedía retener su control normal sobre sus actividades psíquicas. No obstante, sirve para ilustrar lo que podría haberse hecho si la forma etérica que me visitó hubiera estado energetizada por una voluntad maligna. Puede explicar la naturaleza de la sensación de peso que oprime a las víctimas de un cierto tipo de pesadillas.
He oído de mas de un caso en el que se encontraron contusiones que recordaban huellas de dedos en las gargantas de gente que había sido víctima de un ataque astral. Nunca he visto realmente tales contusiones por mí misma, pero se me ha contado por gente que las ha tenido, o las ha visto. Es un hecho bien conocido que si un ocultista, funcionando fuera del cuerpo, se encuentra con alguna desavenencia en el plano astral, o si su cuerpo sutil es visto, y golpeado o atacado, el cuerpo físico rnostrará las marcas. Yo misma he encontrado muchas veces contusiones curiosamente dispuestas sobre mi cuerpo después de una escaramuza astral. El mecanismo de la producción de tales marcas debe ser, pienso, de la misma naturaleza que el que produce los estigmas de los santos y las curiosas huellas e hinchazones físicas que se ven a veces en los histéricos —la mente, poderosamente excitada, afecta al doble etérico, y el doble etérico actúa sobre las moléculas físicas sostenidas en sus mallas. Me atrevo a profetizar que los próximos avances de la medicina estarán ligados al conocimiento de la naturaleza y función del doble etérico.
El siguiente tipo de ataque psíquico que debemos considerar es el conducido por medio de elementales artificiales. Estos se distinguen de las formas de pensamiento por el hecho de que, una vez formulados por la mente creativa del mago, poseen una vida definida e independiente por sí mismos, aunque estén condicionados estrictamente en su naturaleza por el concepto de su creador. La vida de estas criaturas es semejante a la de una batería eléctrica: se descarga lentamente por medio de la irradiación, y a no ser que se recargue periódicamente, finalmente se debilitara y morirá. Toda la cuestión de hacer, cargar, recargar, o destruir estos elementales artificiales es importante en el ocultismo práctico.
El elemental artificial se construye formando una imagen definida, en la imaginación, de la criatura que se pretende crear, animándola con algo del aspecto correspondiente del propio ser de uno, e invocando luego en ella la fuerza natural apropiada. Este método puede usarse tanto para el bien como para el mal, y los "ángeles guardianes" se forman de este modo. Se dice que las mujeres moribundas, preocupadas por el bienestar de sus niños, frecuentemente los forman inconscientemente.
Yo misma tuve una vez una experiencia extremadamente repugnante en la que formulé accidentalmente un hombre-lobo. Desagradable como fue el incidente, pienso que puede ser conveniente darlo públicamente, pues muestra lo que puede pasar cuando una naturaleza insuficientemente disciplinada y purificada está manejando fuerzas ocultas.
Había recibido un serio daño de alguien a quien, a un coste considerable para mí, había ayudado desinteresadamente, y estaba amargamente tentada de desquitarme. Yaciendo en mi cama descansando una tarde, estaba cobijando mi resentimiento, y mientras reflexionaba así, me deslice hacia los límites del sueño. Vino a mi mente el pensamiento de arrojar toda restricción y actuar salvajemente. Los antiguos mitos nórdicos surgieron ante mí, y pensé en Fenris, el horror Lobo del Norte. Inmediatamente sentí una curiosa sensación de extracción desde mi plexo solar, y allí se materializó junto a mí en la cama un gran lobo. Era una forma etoplásmica bien materializada. Como Z., era gris y descolorida y, como él, tenía peso. Podía sentir claramente su espalda presionando contra mí conforme yacía a mi lado en la cama como podría hacerlo un gran perro.
Yo no sabía nada del arte de hacer elementales en ese tiempo, pero había tropezado accidentalmente con el método correcto —el incubar una emoción altamente cargada, la invocación de la fuerza natural apropiada, y la condición entre el sueño y el despertar en la que el doble etérico se expulsa rápidamente.
Estaba horrorizada con lo que había hecho, y sabía que estaba en un callejón sin salida y que todo dependía de que conservase mi cabeza. Había tenido la suficiente experiencia del ocultismo práctico como para saber que la cosa que había invocado a la manifestación visible podía ser controlada por mi voluntad siempre que no tuviera pánico; pero que si perdía mi sangre fría y ella se ponía por encima, tenía un monstruo de Frankestein con el que entendérmelas.
Me agité ligeramente, y la criatura evidentemente objetó a ser perturbada, pues volvió su largo hocico hacia mí por encima de su hombro, y gruñó, mostrando sus dientes. ¡Ahora sí que le había "dado cuerda" apropiadamente!; pero sabía que todo dependía de que yo consiguiese la prevalencia y la mantuviese, y que la mejor cosa que podía hacer era combatirlo ahora, porque cuanto más tiempo permaneciese en existencia la Cosa, más fuerte se haría, y más difícil sería desintegrarla. Así que hinqué mi codo en sus peludas costillas ectoplásmicas y le dije en voz alta:
"Si no sabes comportarte, tendrás que irte al suelo", y lo empujé fuera de la cama.
Abajo se fue, manso como un corderito, y cambió de lobo a perro, para mi gran alivio. Entonces el rincón norte de la habitación pareció desvanecerse, y la criatura se marchó a través de la hendidura.
Yo estaba lejos de estar contenta, sin embargo, pues tenía la impresión de que esto no era el fin de ello, y mi impresión fue confirmada cuando a la mañana siguiente otro miembro de mi casa relató que su sueño había sido molestado por sueños de lobos, y que se había despertado en la noche para ver los ojos de un animal salvaje brillando en la oscuridad en el rincón de su cuarto.
Ahora, completamente alarmada, salí a pedir consejo a uno al que siempre he considerado como mi instructor, y se me dijo que había hecho esta Cosa a partir de mi propia substancia por pensamientos de venganza y que era realmente una parte de mí misma expelida, y que debía a toda costa volverla a llamar y reabsorberle dentro  de mí, renunciando al mismo tiempo a mi deseo de "ajustar cuentas" con la persona que me había injuriado. Curiosamente, justo en este momento vino una oportunidad sumamente efectiva de "ajustar" con mi antagonista.
Afortunadamente para todos los implicados, tenía el suficiente sentido común para ver que estaba en una encrucijada, y que si no era cuidadosa tomaría el primer paso sobre el Sendero de la Izquierda. Si me aprovechaba de la oportunidad de dar expresión práctica a mi resentimiento, la forma-lobo nacería a una existencia independiente, y habría un mal que pagar, tanto literal como metafóricamente. Recibí la impresión definida, y las impresiones son cosas importantes en cuestiones psíquicas pues representan a menudo conocimiento y experiencia subsconsciente de que una vez que el impulso de lobo hubiera encontrado su expresior en la acción, la forma-lobo cortaría el cordón umbilical que la conectaba con mi plexo solar, y ya no me sería posible asorberla.
La perspectiva no era agradable. Tenía que olvidar mi bien querida venganza y permitir que se me hiciera un daño sin defenderme, y también tenía que invocar y absorber una forma-lobo que, para mi conciencia psíquica en cualquier caso, parecía desagradablemente tangible. Y no era una situación en la que pudiera pedir ayuda o esperar mucha simpatía. Sin embargo, tenía que ser encarada, y sabía que con cada hora de la existencia de la Cosa sería mas difícil tratar con ella, así que hice la resolución de dejar que la oportunidad de venganza se deslizara entre mis dedos, y al primer crepúsculo invoqué a la Criatura. Vino a través del rincón norte de la habitación de nuevo (posteriormente aprendí que el norte era considerado entre los antiguos como el cuarto del mal), y se presentó sobre el felpudo de la chimenea en una forma bien mansa y domesticada. Obtuve una excelente materialización a media luz, y pudría haber jurado que había un gran Alsaciano ahí mirándome. Era tangible, incluso en el olor de perro.
Desde él hasta mí se extendía una oscura línea de ectoplasma, un cabo estaba adherido a mi plexo solar, y el otro desaparecía en la velluda piel de su panza, pero no podía ver el punto verdadero de adhesión. Empecé, por un esfuerzo de la voluntad y de la imaginación, a extraer la vida de él a lo largo de este cordón de plata, como si chupase limonada por una paja. La forma-lobo empezó a desvanecerse, el cordón engrosó y se hizo más substancial. Un violento cataclismo emocional se levanto en mí; sentía los más furiosos impulsos de actuar salvajemente y desgarrar y hacer pedazos cualquier cosa y cualquier persona que tuviese a mano, como el Malayo sediento de sangre. Conquisté este impulso con un esfuerzo, y la tormenta decayó. La forma-lobo se había desvanecido ahora en una neblina gris aforme. Esta fue absorbida también a lo largo del cordón de plata. La tensión se relajó y me encontré bañada en sudor. Eso, hasta donde sé, fue el fin del incidente.
Había tenido una aguda lección, y una altamente instructiva. Puede no ser convincente para otra gente, debido a la falta de evidencia corroborante, pero era extremadamente evidente para mi, y la registré por lo que pueda servir para aquellos que, teniendo conocimiento personal de estas cosas, pueden ver su significado.
Es un punto curioso que, durante las breves veinticuatro horas de la vida de la Cosa, se presentó la oportunidad para una venganza efectiva.



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