Translate

lunes, 11 de mayo de 2015

12- EL EGO Y LA REENCARNACIÓN



(Del libro “El cuerpo causal y el Ego”, de A. E. Powell)


Ahora vamos a tratar más específicamente de la actitud que toma el Ego (Yo superior o Alma) hacia la encarnación de sí mismo en una personalidad. Como el método señalado para la evolución de las cualidades latentes del Ego es el de impactos desde el exterior, evidentemente es necesario que el Ego descienda lo suficiente para permitirle encontrar los impactos que pueden afectarlo. El método para lograr este resultado, como ya sabemos, es el de la reencarnación. Para obtener experiencias en ella, el ego proyecta una parte de sí mismo en los planos inferiores y luego se retrae nuevamente, llevando consigo los resultados de su esfuerzo. No se ha de pensar con esto que el Ego hace algún movimiento en el espacio. Más bien se esfuerza en enfocar la conciencia en un nivel inferior para producir una impresión a través de una variedad más densa de la materia.
Esta proyección de una parte de sí mismo en la encarnación, se ha comparado a menudo con una ‘inversión’. El Ego espera, si todo va bien, poder recobrar no sólo el total del capital invertido, sino también un interés considerable, y por lo general, consigue esto. Pero, a igual con otras inversiones, de vez en cuando hay pérdidas en lugar de ganancias; puesto que es posible que alguna parte de lo que invierte se enrede en tal forma con la materia inferior que imposibilite recobrarla en su totalidad. De este aspecto de "inversión" trataremos con mayor detalle en el siguiente capítulo.
El estudiante ya se habrá dado cuenta cabal de que cada descenso del Ego a la encarnación implica un sometimiento a la limitación: por con siguiente ninguna expresión del Ego en cualquiera de los planos inferiores puede ser perfecta. Es sólo un indicio de las cualidades de éste, de igual manera que un cuadro es una representación de una escena en tres dimensiones, sobre una superficie de dos dimensiones. De exactamente el mismo modo la cualidad real tal cual existe en el Ego, no podrá expresarse en materia de ningún nivel inferior. Las vibraciones de la materia inferior son excesivamente pesadas y lentas para representar al Ego; el hilo no está lo suficientemente extendido como para permitirle responder a la nota que suena de lo alto. No obstante puede ser sintonizada para concordar con el Ego en una octava inferior, como la voz de un hombre que canta al unísono con la de un niño, expresa el mismo sonido lo más aproximadamente que permitan las capacidades del organismo inferior.
No es posible expresar con exactitud en lenguaje físico esta cuestión del descenso del Ego; pero hasta que no elevemos la conciencia a aquellos niveles y veamos con claridad lo que pasa, la mejor idea que podemos tener de ella es quizá la del Ego introduciendo parte de sí mismo, como una lengua de fuego, en planos más groseros que el propio. El Ego, como verdadero morador de un plano superior, es mucho más grande y noble de lo que puede ser cualquiera de sus manifestaciones. La relación entre él y sus personalidades es la de una dimensión con otra — de un cuadrado con una línea, o de un cubo con un cuadrado. Ninguna cantidad de cuadrados formaría jamás un cubo, porque el cuadrado tiene sólo dos dimensiones, mientras que el cubo tiene tres. Del mismo modo ninguna cantidad de expresiones en un plano inferior agotarían jamás la plenitud del Ego. Aun si pudiera tomar mil personalidades, no llegaría a expresar todo lo que es. Lo sumo que puede esperar es que la personalidad no contendrá nada que no esté de acuerdo con la intención del mismo, y que expresará del Ego todo lo que sea posible manifestar en este mundo inferior. Mientras que el Ego puede tener sólo un cuerpo físico, por ser ésa la ley puede animar una cantidad cualquiera de formas mentales construidas por sus amigos, y está bien contento de tener estas oportunidades adicionales para manifestarse, por cuanto dichas formas mentales le permiten desarrollar cualidades en sí mismo.
Así como en la conciencia física el hombre puede estar consciente simultáneamente de muchos contactos físicos, como también de emociones y pensamientos, sin haber ninguna confusión entre ellos, así también el Ego puede estar consciente mediante su personalidad, y al mismo tiempo por medio de cualquier número de formas mentales que los amigos podrían hacer de él. La persona inteligente reconoce así que el hombre real es el Ego, no la personalidad ni el cuerpo físico; percibe que es sólo la vida del Ego lo que importa y que todo lo relacionado al cuerpo ha de ser subordinado sin vacilación alguna a esos intereses superiores. Reconoce que esta vida terrenal le es dada para propósitos de progreso y que ese progreso es la única cosa que importa. Él verdadero objetivo de su vida es el desarrollo de su carácter. Comprende que dicho desarrollo está en sus propias manos, y que cuanto antes se perfeccione, tanto más feliz y útil será.
Además, aprende muy pronto por medio de la experiencia que no puede haber nada de verdadero valor para él como Ego, ni para ningún otro, que no sea bueno también para todos. Así, a su debido tiempo aprende en esta forma a olvidarse por completo, y sólo pide lo que será mejor para la humanidad entera. El desarrollo del Ego es pues la finalidad de todo el proceso de descenso a la materia; el Ego toma velos de materia precisamente porque a través de éstos es posible para él recibir vibraciones a las que puede responder, para que sus facultades latentes se desenvuelvan por estos medios. Todo el objetivo del Ego al descender consiste en llegar a ser más definido a fin de que todos sus bellos, pero vagos sentimientos se cristalicen en una resolución firme de actuar. La serie de sus encarnaciones forman un proceso por medio del cual puede alcanzar precisión y claridad. De ahí que la especialización sea su método de adelanto. Desciende a cada raza o subraza para adquirir las cualidades para cuyo perfeccionamiento está trabajando dicha raza. El fragmento del Ego que desciende está altamente especializado. Al desarrollar cierta calidad, el Ego la absorbe en sí mismo a su debido tiempo, y hace esto repetidas veces. La personalidad extiende algo de su logro específico a la totalidad al ser absorbida de nuevo en el Ego, de manera que éste llega a ser un poco menos vago que anteriormente.
En "La Clave de la Teosofía", pág. 124. H. P. Blavatsky describe en lenguaje vivido el objetivo de la reencarnación. Dice: "Imaginaos un ''Espíritu", un ser celeste llamémosle como queramos, divino en esencia pero que no siendo bastante puro una unirse al TODO, ha de purificar su naturaleza hasta conseguirlo, pasando individual y personalmente, es decir, espiritual y físicamente, por todas las experiencias y sensaciones del universo diferenciado. Por consiguiente, después de adquirir experiencia en los reinos inferiores, ascendiendo más y más en la escala del Ser ha de pasar por todas las experiencias de los planos humanos. En su esencia misma es el Pensamiento; pero en su pluralidad, torna el nombre de Manasaputra. "los Hijos de la Mente (universal)". Este 'Pensamiento' individualizado es al que los teósofos llamamos el verdadero Ego humano, la entidad pensante prisionera de la carne. Es entidad espiritual y no materia (Manas o mentes que al encarnarse animan la masa de materia llamada humanidad."
El estudiante observará que el término Manasaputra, que significa literalmente los "Hijos de la Mente", empleado en la citación anterior, tiene un sentido especial. Dicho término es amplio e incluye muchos grados de inteligencias, desde los "Hijos de la Llama" mismos, hasta las entidades que se individualizaron en la cadena de la Luna y tomaron su primera encarnación humana en la cadena de la Tierra.

Se han empleado muchos términos de cuando en cuando para ilustrar la relación entre el Ego y sus personalidades, o encarnaciones. Así, cada encarnación ha sido comparada a un día en la escuela. Durante la mañana de cada vida el Ego reanuda sus lecciones en el punto en que las dejó la noche anterior. El tiempo y la energía que emplea el alumno se dejan enteramente al propio criterio del mismo. El alumno inteligente percibe que la vida de escuela no es una finalidad en sí, sino simplemente una preparación para un futuro de mayor amplitud y gloria. Coopera con sus Instructores, y se propone trabajar todo lo que puede para que, en cuanto llegue a ser mayor de edad estará capacitado para entrar en su reino como ego glorificado. La sumersión del Ego en el mundo físico con el objeto de obtener breves períodos de vida mortal, se ha asemejado al sumergimiento de un ave en el mar en busca de peces. Las personalidades se asemejan también a las hojas de un árbol. Extraen material del exterior, lo transforman en sustancia útil que introducen en el árbol como savia por medio de la cual se alimenta el árbol. Entonces, después de haber servido durante la estación, las hojas se marchitan y caen, para ser reemplazadas después, a su debido tiempo, por una nueva cosecha de éstas. Así como un buzo puede sumergirse en las profundidades del océano para buscar una perla, de la misma manera el Ego baja a las profundidades del océano de la vida para buscar la perla de la experiencia; pero no permanece allí mucho tiempo por cuanto el agua no es su propio elemento. Sube de nuevo a su ambiente y se sacude para desprenderse del elemento y dejarlo atrás. Por esta razón se dice acertadamente que el Alma que se ha escapado de la Tierra ha vuelto al lugar que le corresponde, porque su verdadero hogar es la "tierra de los Dioses" y en el globo terrestre es un exilado y prisionero.
Al Ego se le puede considerar como un labrador que está afuera en un campo, trabajando en la lluvia, expuesto al sol, al frío, al calor, y regresa de noche a su casa. Pero el trabajador es también el propietario, y todos los frutos de su labor van a llenar sus propios silos y a enriquecer sus propios graneros. Cada personalidad es la parte inmediatamente efectiva de la individualidad, representando a ésta en el mundo inferior. No hay injusticia en la suerte que le toca a la personalidad, porque el Ego sembró el Karma en el pasado y ha de recogerlo. El trabajador que sembró la semilla tendrá que levantar la cosecha que produzca durante el intervalo entre la siembra y la recolección. El que recoge es el mismo que sembró, y si la semilla que sembró fue poca o de pobre calidad encontrará una cosecha pobre cuando, como segador, vuelva nuevamente al campo.
Al Ego se le ha descrito moviéndose en la eternidad como un péndulo entre los períodos de vida terrestre y la que sigue a ésta. Las horas de la vida póstuma para quién realmente comprende, son la única realidad. Así, muy a menudo, el Ego empieza su círculo de vida personal con la entrada al mundo celestial y presta un mínimo de atención a la personalidad durante el período de recolectar materiales.
Como ya hemos visto en el ciclo de la encarnación, el período pasado en devachan que, para todos menos los muy primitivos es de extensa duración comparado con los intervalos pasados en la tierra, se le puede llamar con justicia el estado normal. Otra razón para considerarlo normal a este estado y anormal el de la vida terrenal, es que en devachan el hombre está mucho más cerca de la fuente de su vida Divina.
También se le puede considerar al Ego como el actor de teatro, siendo sus numerosas encarnaciones distintos papeles que representa. A igual del actor, el Ego está obligado a representar muchos papeles que a menudo le son desagradables; pero de la misma manera que la abeja recoge la miel de cada flor, el Ego recoge en toda personalidad terrenal en la que se ve obligado a revestirse, sólo el néctar de las cualidades morales y de la conciencia, hasta que por fin reúne todas estas cualidades en una y se convierte en ser perfecto, denominado a veces, un Dhyan Chohan.
En "La Voz del Silencio" se les llama "sombras" a las personalidades; al candidato para la iniciación se le exhorta así: "Ten paciencia, como aquel que sufre eternamente. Tus sombras viven y se desvanecen; aquello que en ti conoce, porque es el conocimiento, no está dotado de vida efímera, es el hombre que fue, es y será, y para quien jamás sonará la hora." De manera que, a través de las edades, el Pensador Inmortal labora pacientemente en su tarea de elevar al hombre, hasta que se encuentra éste en condiciones de unificarse con lo Divino. Sólo puede extraer un fragmento de su obra en una vida determinada, pero basándose en ese modelo un algo mejorado será moldeada la forma del hombre siguiente, demostrando algún adelanto en cada encarnación, aunque en las primeras etapas este adelanto puede ser apenas perceptible. La obra de reducir lo animal y aumentar lo humano adelanta paulatinamente. En cierta etapa de este progreso, las personalidades empiezan a hacerse traslúcidas, a responder a las vibraciones que emanan del Pensador y a sentir vagamente que éstas son algo más que vidas aisladas, por cuanto están ligadas a una cosa permanente e inmortal. Quizás no reconocerán del todo su objetivo; cero empezarán a vibrar y a reaccionar bajo el contacto del ego. Después de esto el progreso se hace más rápido, aumentando enormemente la velocidad en las últimas etapas.
Los ejemplos anteriores son analogías solamente, útiles quizás, pero burdas, porque es cosa muy difícil expresar la relación entre el Ego y la personalidad. Hablando en general, quizás la mejor forma de expresarlo es decir que la personalidad es un fragmento del Ego, una minúscula parte de él, expresándose bajo serias dificultades. Al encontrarnos con otra persona en el plano físico, sería algo más aproximado a la verdad decir que conocemos una milésima parte del hombre real: además la parte que vemos es la peor. Aun si pudiésemos ver el cuerpo causal de otra persona, veríamos sólo una manifestación del Ego en su propio plano (plano causal o mental superior), y estaríamos aun bien lejos de contemplar al hombre real.
Si consideramos al Ego como el hombre real, situado en su propio plano, vemos que en realidad es un ser glorioso. La única forma aquí abajo que nos daría un concepto de lo que realmente es, sería la de considerarlo como un ángel esplendoroso. Pero la expresión de este hermoso ser podría quedar muy lejos de todo esto; y en realidad tiene que ser así; en primer lugar porque es sólo un pequeñísimo fragmento del todo; y en segundo lugar, por estar él tan disminuido por las condiciones bajo las cuales se expresa.
Si una persona introduce un dedo en la cavidad de una pared, o en un caño de metal, de tal manera que no puede ni siquiera doblar este dedo, es evidente que mediante él puede expresar muy poco de sí mismo. Semejante a esto es el destino del fragmento del Ego introducido en el cuerpo denso. 
Podríamos desarrollar la analogía un poco más allá al suponer que el dedo tuviera considerable conciencia propia, de modo que, apartado como está del resto del cuerpo, libertad de la vida más extensa, trata de adaptarse a la cavidad, dora los costados de la misma y la convierte en una cueva confortable al adquirir dinero, propiedad, fama, etc., sin darse cuenta de que sólo empieza a vivir en realidad cuando se retira por completo de dicha cueva y se reconoce como parte del cuerpo. Por inadecuada que sea la imagen, puede servir para dar alguna idea de la relación existente entre la personalidad y el Ego. Se encontrarán otras y más pintorescas analogías en ciertos mitos antiguos. Así, Narciso era un joven de gran belleza que se enamoró de su propia imagen reflejada en el agua, y fue atraído de tal manera por ella que se cayó dentro del agua y se ahogó, siendo transformado en flor más tarde por los dioses y sujetado a la tierra. Esto, por supuesto, se refiere al ego que contempla desde arriba las aguas del plano astral y el mundo inferior, reflejándose en la personalidad, identificándose con ésta, y enamorándose de la imagen de la misma para encontrarse finalmente ligado a la tierra. Así también, Proserpina, al recoger el narciso, fue captada y llevada por el Deseo al mundo inferior; y aunque fue rescatada del cautiverio total por los esfuerzos de su propia madre, sin embargo, después de esto tuvo que pasar la mitad de su vida en el mundo inferior y la otra en el superior: es decir parte en encarnación material y parte fuera.
Otra enseñanza de los misterios fue la del minotauro, que significa la naturaleza inferior del hombre —.la personalidad, mitad hombre y mitad animal. Éste fue muerto finalmente por Teseo, que representa el Yo superior o sea la individualidad (el Ego), que ha crecido lentamente y se ha fortalecido hasta poder empuñar la espada de su Divino Padre, el Espíritu. Guiado en el laberinto de la ilusión que constituyen estos planos inferiores, por medio del hilo del conocimiento oculto que le fuera dado por Ariadne (que representa la intuición) el yo superior puede destruir al inferior, y así escaparse de la tela de la ilusión. No obstante, persiste todavía para él el peligro de que, al desarrollar el orgullo espiritual puede llegar a despreocuparse de la intuición, y así como Teseo se descuidó de Ariadne, dejar de realizar sus más elevadas posibilidades en esta forma y en esta oportunidad. Es sobradamente evidente que sólo se puede conseguir una visión de la reencarnación en su correcta perspectiva al considerarla desde el punto de vista del Ego. Cada movimiento de éste hacia los planos inferiores es un vasto movimiento circular. La visión limitada de la personalidad está propensa a tomar un fragmento del arco inferior del círculo y considerarlo como una línea recta, dando indebida importancia a su comienzo y a su fin, mientras que el verdadero punto crítico del círculo escapa su atención. Desde el punto de vista del Ego, durante la primera parte de ese pequeño fragmento de la existencia en el plano físico a la que llamamos vida, la fuerza exterior del Ego está aun fuerte; en la parte media, en los casos corrientes, esa fuerza se agota, y comienza el gran movimiento hacia adentro. Sin embargo, no hay ningún cambio súbito ni violento, por no ser éste un ángulo, sino parte aun de la curva del mismo círculo que corresponde exactamente al momento de afelio en el curso de un planeta alrededor de su órbita. No obstante es el verdadero punto de cambio de ese pequeño círculo de la evolución, aunque para nosotros no esté marcado en forma alguna. En el antiguo esquema de vida hindú estaba marcado como el final de grihastha o período de "amo de casa" en la existencia terrenal del hombre. En ese sistema antiguo, el hombre pasaba los primeros veintiún años de su vida ocupándose de su educación, el siguiente período de la misma extensión, en cumplir con su obligación, como amo de casa y jefe de familia. Después, habiendo llegado a la edad madura, abandonaba por completo sus preocupaciones terrenales, entregaba su casa y sus propiedades a su hijo y se retiraba con su esposa a una casucha cercana, donde dedicaba los siguientes veintiún años al descanso, conversación espiritual y meditación. Luego llegaba la cuarta etapa de completo aislamiento y contemplación en la jungla, si así lo deseaba. En todo esto, el punto medio de su vida era el decisivo, y es evidente que este punto es mucho más importante que el nacimiento físico o la muerte, puesto que señala el límite de la energía de exteriorización del Ego, el cambio, como si fuera, de la expiración a la inspiración de éste. A partir de este último punto, sólo debería existir una continuada absorción de todas las fuerzas del hombre, la atención debía estar más y más retirada de las cosas de la tierra y concentrada en las de los planos superiores. Tales consideraciones no pueden dejar de grabar en nosotros cuan extremadamente mal adaptadas al verdadero progreso son las condiciones de la vida europea moderna.
En este arco de la evolución, el punto en que el hombre se desprende de su cuerpo físico no es de especial importancia: en manera alguna tan importante como lo es su muerte en el plano astral y su nacimiento en el mundo celestial, o, expresándolo en otra forma, la transferencia de la conciencia de la materia astral a la mental en el transcurso de la firme retirada ya mencionada.

Como dijimos en el Capítulo XIII, todo el curso del movimiento de sumersión en la materia se denomina en la India privitti marga, literalmente el sendero de estudios, de exteriorización; nivritti marga es el sendero de retorno, del retiro, de la renunciación. Estos términos son relativos, y pueden aplicarse, a todo el transcurso de la evolución del Ego, a una encarnación individual, a una personalidad, etc. En el privitti marga, en el que están la mayoría de los hombres, los deseos son necesarios y útiles, por ser los móviles que les inducen a la actividad. En el nivritti marga ha de terminar el deseo. Lo que fue deseo en el marga pravritti se convierte en voluntad en el marga nivritti; de la misma manera el pensamiento, alerta, inconstante, cambiante, se vuelve razón; el trabajo, la actividad, la acción inquieta, cambia a su vez en sacrificio, quedando quebrantada en esta forma su fuerza ligadora.




No hay comentarios.:

Publicar un comentario